LA INVENCION DE LA TETA
LA INVENCIÓN DE LA TETA
La
adopción de la posición erguida inclinó hacia adelante el canal vaginal de la
mona humana, facilitando el coito en la postura del misionero, o penetración
frontal.
—¿Tú cómo
lo haces? —le pregunta un cromañón a otro en un descanso de la cacería del
mamut.
—Yo, de
frente.
—¿Y no te
gusta por detrás, a cuatro patas?
—Bueno,
alguna vez lo hago, por variar —reconoce el otro—, pero mi parienta dice que
eso es muy antiguo y, además, una forma anticuada, que así sólo lo hacen ya los
neandertales.
—¿Y cómo
sabe ella que los neandertales lo hacen así?
—Buena
pregunta. Comprometida, pero buena.
La
reiteración de la postura del misionero personalizaba el coito y creaba afectos
entre el monillo y la monilla, quienes, al hacerlo de frente, reconocían sus
rasgos faciales y se excitaban con el enardecimiento del otro, una
retroalimentación de la libido.
Además, estimulaba el
clítoris mejor que la monta dorsal y predisponía a la hembra a repetir los
acoplamientos.
La única
contrariedad fue que el mono añoraba la excitante visión de los glúteos durante
la cópula fornicatoria tradicional, la de la monilla a cuatro patas, a la
neandertala.
—¿Qué
tal? —le preguntaba la mona después de terminar y antes de que se durmiera,
como hacemos todos.
—¡Psch...!
—respondía el mono un punto displicente—. No ha estado mal, pero echo de menos
verte las nalgas, esos dos hemisferios tan estupendos y tan golosos.
La
homínida, que no era tonta, se puso manos a la obra y evolucionó para complacer
al proveedor de la despensa familiar: desarrolló en su zona mamaria un trasero
supletorio que devolviera al macho el placer de penetrarla frontalmente sin
perderse la contemplación de unos hermosos glúteos.
Lamento
exponerlo tan crudamente, pero las tetas o mamas son un culo vicario, un truco
evolucionista que la hembra humana lleva colgado delante para que no nos
distraigamos del cumplimiento sabatino.
En
puridad, esas tetas que tanto admiramos los buenos aficionados sólo son dos
acumulaciones de grasa, como las jorobas del camello.
No fue el
desarrollo pectoral el único cambio que la monilla humana introdujo en su
anatomía con tal de complacer y fidelizar al mono. También
desarrolló unos labios prominentes y frescos que reproducen la vulva carnosa y
roja que la posición erecta y el coito misional escamoteaban. «Aún hoy las
mujeres se pintan los labios de rojo, el color de una vagina excitada, y tratan
de que tengan un seductor brillo húmedo. Y si son delgados o poco carnosos, los
agrandan con maquillaje o los rellenan con silicona.» El
eterno femenino se manifiesta en el hecho de que incluso feministas tan
militantes como Shere Hite y Lidia Falcón luzcan habitualmente una boca de
rabioso carmín.
La
aparición de la teta obedece también a otra razón que podríamos calificar de
freudiana.
El
monillo, debido a su inmadurez congénita, prolongaba durante meses y años su
periodo de lactancia, y quedaba enmadrado de por vida. Cuando alcanzaba, por
fin, su madurez física (la afectiva no la alcanza jamás), el destete le
producía un gran vacío afectivo. ¿Cómo llenarlo? Arrimándose a otra mona que
hiciera de madre, además de esposa, compañera y amante. De ahí que nos resulte
tan desabrido ese hiato de la vida que es el paso de la infancia a la
adolescencia. Acostumbrados a la teta materna, se nos antoja eterno el periodo
que nos separa de la teta siguiente, la de la pareja copulatoria.
Ésa es la
causa de la pasión por las tetas que los homínidos machos arrastramos a lo
largo de nuestra miserable existencia. No hay más que verlos que para vendernos
un auto, una máquina, una corbata, unos cigarrillos, lo que sea, los publicistas
abusan de tetas al diseñar el anuncio. No falla: una chica joven con un par de
glándulas mamarias bien desarrolladas basta para engatusarnos. De ahí también
que la astuta monilla haya ido evolucionando y desarrollando cada vez tetas más
abultadas y más tempranamente (competentes anatomistas señalan, alarmados, que,
al paso que vamos, ya mismo les van a salir las tetas antes que los dientes).
El
desarrollo de la teta en la mona humana, ese prodigio de la evolución,
testimonia maravillosamente nuestra adaptación al medio. Reparen ustedes en que
las demás especies de primates amamantan perfectamente a sus crías sin necesidad
de desarrollar tamañas tetas. La mujer es la única mona que presenta esos
hemisferios duros, protuberantes, saledizos. El resto de sus primas simiescas
las tienen poco pronunciadas, caídas y terminadas en pezones largos, similares
a la tetina del biberón, mucho más prácticos y ergonómicos que la teta de la
hembra humana, (dónde va a parar la especie humana).
Si las
mamas de la hembra humana sirvieran verdaderamente a la lactancia de la
criatura y no al encalabrinamiento del macho, se parecerían a las del resto de
las monas, y no obstruirían, con su prominente globo, las naricillas del
lactante.
—¡Ay,
doctor —se queja la madre alarmada—, que parece que el niño no se agarra al
pecho, que es ponerlo y enseguida se aparta y luego llora porque tiene hambre!
—¡¿Cómo no
se va a apartar, señora?! ¿No ve usted que con esas tetazas le tapa las
naricillas y se asfixia el pobre?
El
bienestar del bebé humano se sacrifica a la complacencia del macho adulto. Me
avergüenza reconocerlo, como representante de la especie, pero es así. Esa teta
esférica y ese pezón retraído, todo areola, contribuyen a la incomodidad del
crío, le taponan la nariz, lo asfixian, le impiden mamar como Dios manda. Y
todo porque la mona tiene que atraer a los machos para que se le arrimen: «En
caso de duda, la más tetuda» Vergüenza debería darnos.
El
prestigio de la teta es tan antiguo que se pierde en la noche de los tiempos. En
la remota China de la dinastía Ming (la de los jarrones, casi todos falsos), el
esteta Su Ching consagró un tercio de su tratado El camino sublime a la
hendidura rosada al estudio y clasificación de las mamas femeninas, entre las cuales
distingue tres clases de pezón: el Granito de Arroz, la Semilla de Cerezo
Fragante y la Luna Luciente que Anuncia Tormenta. Los dos primeros no están
bien identificados hoy, pero el último parece casi seguro que sea el que por
estos pagos denominamos «de castaña», grande, duro y turgente en la refriega,
con amplia areola morena y un pelo o dos, que algunas damas poco avisadas
suprimen. El Granito de Arroz, pezoncito de novicia adolescente, tiene, en
cambio, la areola rosada y lampiña.
La teta
se ha realzado a lo largo de la historia de muy distintas maneras, desde la
fascia pectoralis, una especie de banda con la que las damas romanas levantaban
las suyas, hasta el moderno wonderbra, que «favorece la figura, luce mejor las
blusas y descubre el encanto y la fascinación física de la mujer convirtiendo
cualquier busto en el de una top model».
Las
turgentes tetas femeninas no son el único regalo con el que la Naturaleza ha
distinguido a la especie humana. Otros órganos que sólo sirven para el placer
son el lóbulo de la oreja y la nariz, tan excitante cuando es larga, rasgos de
los que carecen nuestros primos los primates. Añadiremos
a la lista el trasero prominente y duro. Sumemos
la depilación, que aumentó considerablemente nuestra sensibilidad cutánea,
especialmente en las manos, lo que acrecienta nuestros goces sensuales con
caricias y tocamientos. A refinamiento de la Naturaleza debemos atribuir que
nuestros cuerpos lampiños conserven, sin embargo, el vello púbico, lo que nos permite
diversas manipulaciones que lo hacen más atractivo: rasurado completo, línea de
biquini, etc.
Sí,
querido lector, la Naturaleza se aplicó con todo su ingenio a la reelaboración
de esta nueva especie, el homo salidus, cuya sexualidad se basa en la
apariencia. Esa es la clave. Una hembra hermosa, de pechos grávidos y grandes y
trasero prominente y firme, reinó en los altares griegos bajo la advocación de
Afrodita kalípige, «la de las bellas nalgas», y reina en las playas brasileñas
bajo la advocación de popozuda.
¡El
trasero femenino! El erotómano Federico Fellini lo denominaba «banquete de
delicias» y «epopeya molecular de la femineidad»; Dalí, por su parte, señaló:
«En el culo se desentrañan los mayores misterios de la vida»; los sexólogos más
avanzados lo denominan «factor C». En el trasero, y en el juego de las caderas,
reside el casi olvidado arte del contoneo, hoy casi restringido a los
escenarios.
Ese tipo
de mujer abundosa, con silueta de reloj de arena, certifica, para el monillo
humano que la contempla, fecundidad y abundosa lactancia, amén de una óptima
herencia genética.
La hembra
también tiene su canon definido y procura aparearse con un macho alto, de
anchas espaldas, abultados bíceps, robustos hombros, el trasero chico y prieto
y la tableta de chocolate señalada en el vientre. Un macho así garantiza
abundante provisión de caza para alimentar a la carnada y buenos genes para
perpetuarla.
Entre
Stallone y Woody Alien, la hembra del homo salidus preferirá siempre al
primero, aunque le reconozca al segundo una conversación más amena y coherente.
Decía cierta duquesa, cuando sus cultas amistades se sorprendían de su relación
con un pollancón iletrado: «Para lo que yo lo quiero, más sabe que
Aristóteles.» De ahí que la despampanante Ava Gardner
prefiriera acostarse con camareros y palmeros flamencos cuando, de haberlo
pretendido, sin duda hubiera seducido al presidente de la Real Academia de la
Lengua, al ministro López Rodó o a cualquier otro español que se preciara. A mí
mismo, y que me disculpen mis hermanos de la Adoración Nocturna: uno no es de
piedra.


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