STEVE JOBS UN INNOVADOR POR EXCELENCIA


Jobs fue uno de los más influyentes de la industria tecnológica en que aún vive el mundo actual, contribuyendo decisivamente a la popularización de la informática. Sus ideas visionarias en cuanto a computadoras personales, la música digital o la telefonía móvil revolucionaron el mundo y los hábitos de millones de personas.
La muerte de Steve Jobs es para el mundo una gran pérdida. Nunca un hombre de empresa causó tanto impacto, un visionario de la era digital, una aventura de innovación y éxito. La muerte de Jobs es la muerte de un sabio.
La partida de Jobs, sorprende a un mundo en medio de una crisis económica e institucional.
Jobs era un multimillonario y un ambicioso hombre de negocios que tenía una visión muy amplia del mundo. Jobs trabajaba para demostrar que era capaz de convertir sus visiones en realidad.
Jobs no va a pasar a la historia porque sus productos fueron un éxito comercial, que lo fueron, sino porque hicieron felices a la gente. No hay más que recordar las caras con las que salían de las tiendas los compradores del primer iPhone o el primer iPad para comprender hasta qué punto eso era así.
La muerte de Steve Jobs se produce en un momento en que el capitalismo sufre la crisis más grave en ochenta años y quizá sirva de oportunidad para recapacitar sobre los pecados y las virtudes de este sistema económico. Esta crisis es el fruto de la codicia de empresas que solo buscaban su enmriquecimiento.
Jobs es la otra cara de ese capitalismo. Jobs hace empresa consistente y mas humana.
Jobs hizo lo que un líder debería hacer: contrató e inspiró a grandes personas, dirigió con la vista puesta a largo plazo, no a la evolución de las acciones en el próximo trimestre, hizo grandes apuestas y tomó grandes riesgos. Jobs insistió en productos de alta calidad y en construir cosas que dieran satisfacción y poder a quienes las compraban, no a los intermediarios o a sus directivos.

Nadie consiguió conectar emocionalmente con los ciudadanos, tanto como lo ha hecho Steve Jobs. El facilitó progresos trascendentes consiguiendo, al mismo tiempo, una vinculación sentimental con ese producto.
Jobs es un precursor, uno de esos genios que despreció el saber institucional de las escuelas de negocios. Dejó la universidad y creó un mundo particular en un garaje. Otros hicieron gestas parecidas en su época, particularmente Bill Gates. Y otros le sucedieron en sus ensoñaciones y gloria, entre ellos Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, o Larry Page y Sergey Brin, los creadores de Google.
Todos son parte de un mismo propósito transformador que convirtió a Silicon Valley en el centro del mundo y permitió a Estados Unidos un liderazgo tecnológico sobre el que hoy se apoya una parte de su liderazgo político, económico y militar. Jobs y su obra han hecho más por la imagen y el poder norteamericanos que miles de políticos, diplomáticos o generales.
Su desaparición se produce precisamente cuando surgen síntomas preocupantes de que ese liderazgo se desvanece y de que nadie posee hoy en este país la credibilidad suficiente como para convencerle de la existencia de un futuro mejor.

Es muy improbable que algunos de quienes les sucedan al frente de Apple alcancen algún día semejante influencia. La empresa seguramente sobrevivirá, pero la leyenda en torno a ella muere con Jobs.

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